lunes, 7 de septiembre de 2009

Los prostíbulos y la crisis económica







Abril Valdez


El vestido azul marino de licra dejó de ceñirse a su cuerpo; dos coqueteos con el frío tubo de metal, una balada de fondo; fijó la mirada en las mesas vacías; unos cuantos segundos para despojarse de su sostén, con el juego de luces dejando al descubierto sus pezones erectos, quedó desnuda por completo; sólo unos zapatos de plataforma transparente con tacón de 20 centímetros y un cinturón de figuras geométricas de metal la cubrían. Acabó la música y Alexa, morena, de aproximadamente 24 años de edad, fue a sentarse al lado de su cliente.



Las demás chicas –6 en total– la más joven de unos 19 años, miran la variedad, la primera de la noche. Es miércoles, son las 22:45 horas y hay poco movimiento. Al menos 8 clientes han llegado. Dos, al observar lo desangelado del lugar –con capacidad para 17 mesas, cada una con cuatro asientos, y aunque el DJ se esmere– se han marchado. Han dejado atrás la pista redonda, los focos de luces blancas, la rockola, los espejos a media pared y los adornos patrios.



Otros tres, apenas mayores de edad, están con una trigueña; otra de ellas, de cabello castaño teñido, está fichando. El precio de la cerveza es de 50 pesos, por lo menos ya habrán entrado a su bolsa 20. Lo demás para la casa.



La chica de la falda roja, de facciones y figura estilizadas coquetea con un hombre maduro, de lentes y robusto; hay otro de unos 55 años que está sentado sólo. Así transcurre la noche en “La Escondida”, en la calle Galeana. La zona roja.

La crisis ha golpeado a los prostíbulos que deben sortear días muertos, luchar para no correr al personal, conservar a la docena de chicas, aunque esto signifique también lidiar con la competencia desleal, esa que sobrevive a las multas, a las clausuras, la que existe en varias colonias de Huajuapan.

En bares como el Roberts, el Magali, El Pony, El Flamingos, donde a decir de los gerentes de prostíbulos legales, permiten la entrada a menores, hay meseras que dan el servicio de prostitución y no existen para el padrón de la regiduría de Salud; e incluso donde el comercio sexual de niñas es una posibilidad, situaciones denunciadas hasta por vecinos de los centros nocturnos.

Pese a la exigencia de cerrarlos al ser un foco de infección de enfermedades de transmisión sexual, e incluso SIDA –donde mujeres sin control fichan en 20 pesos, la cerveza cuesta 40 y cobran un servicio hasta en 100– continúan operando. Son también una alternativa para el cliente que se quiere divertir y no tiene mucho efectivo en la bolsa.

Pero los registrados también tienen que cuidarse de bares como Imagine y Alcapone, donde llegan chicas a ligar y luego acaban con desconocidos en los moteles de la periferia; cuando también está la oportunidad de satisfacer otras preferencias sexuales con chicos gay que trabajan como meseros y cuyas edades fluctúan de 20 a 25 años.

El trabajo de lunes a domingo de 8 de la noche a 3 de la mañana, con una hora 10 minutos de gracia concedidos por las autoridades en turno, debe alcanzar para reunir el dinero de la renovación del permiso anual, para pagar la nomina: dos meseros y un DJ que ganan 150 pesos diarios, además del encargado que cobra 200; la renta, la luz, el agua, comprar el licor. Un drama cuando las ganancias diarias han disminuido de 5 a tres mil pesos.

Pero las inspecciones no son parejas, dicen los dueños de prostíbulos, refieren que cuando llegó la alerta epidemiológica por la influenza humana AH1N1, los obligaron a cerrar un fin de semana completo, pero “Las Piñas” si abrió, argumentando que estaban en remodelación, aunque el servicio estaba activo.

Y entre la crisis se desenvuelven un mar de historias. Las de las sexoservidoras que tienen un sueldo fijo y que cobran 500, 600 u 800 pesos menos el pago de su cuarto que les cuesta 70 pesos, un espacio de 4 por 4 que tiene un baño, agua caliente y una cama, que pueden costear cuando los días son buenos y sacan hasta 15 mil pesos al mes, pero la mayoría de las veces andan al día, deben mantener a sus hijos pues la mayoría son madres solteras.

Cuando tienen que pagar “el pasaje”, que les cuesta de 100 a 150 pesos diarios, que es usar un espacio dentro del bar ó hacer el trato y salirse con el cliente a un motel, con los que también hacen negocios sobre el costo de las habitaciones.

También está la venta de fichas, 25 diarias, cuando no tienen sueldo fijo, o cuando quieren ganar más, aunque a veces ante la falta de clientes, los prostíbulos cierran temprano ó tienen pocas bailarinas.

Cuando la falta de circulante provoca que los prostíbulos no tengan gente de seguridad, condición obligatoria marcada en el Reglamento para el Control del Ejercicio de la Prostitución en Huajuapan, y cuando las carencias de la Policía Municipal y los constantes ofrecimientos para la venta de droga los hacen temer, sobre todo ante la reciente aparición de los Zetas en la región.

Y hasta cuando la gastada economía hace que los prostíbulos tengan que evadir impuestos, sin dar a sus empleados seguridad social ó prestaciones de ley.